09 Jan
09Jan

La primera vez que oí hablar del osario de Kutna Hora fue en los años 80, cuando siendo un niño aún, esperaba cada mediodía la sopresa que me deparaba el programa "Es verdad aunque ud. no lo crea" (según la traducción de Believe it or not de Ripley´s) conducido por Jack Palance. En cada uno de los programas de aquella serie televisiva se exponían cuatro o cinco casos extraños que habían sido incorporados por Ripley a su gabinete de curiosidades, entre los cuales podía encontrarse desde las mujeres jirafa de Tailandia  a la historia de Jack el destripador pasando por una triibu de pigmeos en el Congo o las figuras de cera del Museo Madame Thussaud de Londres.

Recuerdo que por entonces mis conocimientos de geografía no me permitían identificar donde quedaba Kutna Hora ni mucho menos imaginarme que la Checoslovaquia en la cual se encontraba aquel poblado formaba parte de un grupo de naciones que estaban, por entonces, bajo la órbita del comunismo. Pero de lo que sí me acuerdo -de un modo casi vivo- es de la sensación que tuve al ver las imágenes en el televisor y pensar que ese sitio extraño y tenebroso que me devolvía la pantalla era uno de los tantos que no llegaría a conocer en esta vida.

Por ello, cuando tuve la posibilidad de visitar por segunda vez Praga y seguir descubriendo la enorme cantidad de bellezas que atesora, no dudé en hacer una escapada a Kutna Hora para visitar aquel osario que gracias a la generosidad del señor Ripley se había transformado en una de esas obsesiones con las que se fantasee desde niño y que, cuando el destino y la condiciones lo permitieron, no dudé en materializar.

KUTNA HORA: LA CIUDAD DE LOS HUESOS QUE EL SEÑOR RIPLEY VOLVIÓ FAMOSA

Apenas el autobús detuvo la marcha y el chofer nos invitó a descender me pregunté como era posible que a Tim Burton aún no se le hubiera ocurrido pensar una historia que transcurriera en Kutna Hora o en sus alrededores. La niebla que opacaba la visión, la densa nieve, las fachadas y cúpulas góticas recortadas de sus iglesias, el cementerio de la entrada, el silencio ensordecedor y el exraño olor a huesos húmedos que se respiraba en cada rincón la volvían una locación imperdible para recrear historias de vampiros, seres atormentados o ánimas errantes en busqueda de un momento de sosiego. Quizás aquel programa de Ripley visto en los años en que la MTV se convertía en religión para occidente había dejado en mí algunas consecuencias más graves de lo que podía imaginar y caí en la cuenta de que mi fantasía cada día estaba más demandante.

El grupo que me acompañaba en la excursión era pequeño y apenas descendimos para iniciar el recorrido hice lo posible para perderlo de vista. La emoción por estar allí era tan grande que nunca jamás volví a recordar sus caras cuando algunas horas más tarde llegué al hotel en Praga sintiendo que había cumplido un sueño a la vez de que experimentar una de las situaciones más memorables de todo mi historial como viajero. Sólo recuerdo que el reloj marcaba las 9:55 y que faltaban nada más que cinco minutos para que se abrieran las rejas de  la Capilla Funeraria de todos los santos para ingresar al famoso osario que aguardaba verdaderas obras de arte hechas con los casi 40.000 huesos humanos de quienes pasaron por allí durante varios siglos y que se transformaron en fuente material de una historia que daba fe de su existencia.

El frío abrasador y una humedad que calaba los huesos quedaron en un segundo plano cuando una mujer de unos sesenta años, con cara regordeta y el pelo rubio ensortijado salió de la capilla con una enorme llave en la mano y se dirigió a abrir la enorme reja que anunciaba el ingreso al Kostnice (osario en checo). Apenas atravesé el pórtico de la entrada el corazón se me aceleró y cierta sensación de ansiedad me corrió por todo el cuerpo. Y fue en el mismo momento en que atravesaba la entrada  de madera y descendía unos escalones de cemento helado que tomé conciencia de que nunca hay que decir "esto nunca lo haré en mi vida" puesto que casi tres décadas más tarde de haberlo dicho por primera vez me encontraba burlando al destino y a punto de ver uno de los espacios que más ilusión me habían hecho.

El cementerio de la entrada de la ciudad está poblado de tumbas que son verdaderas obras de arte y bien podrían ser incorporadas en cualquier film de misterio o terror. Algunas de ellas tienen más de tres siglos y se encuentran en perfectas condiciones pese al paso del tiempo y la erosión natural.

El salón con el que uno se encuentra apenas se bajan los escalones de la entrada es enorme, gélido y desolador. El brillo de los huesos perfectamente ordenados lo vuelven naturalmente luminoso y engañan la percepción del visitante ya que la iluminación natural es lúgubre y no llega a colarse ni siquiera un solo rayo de luz del exterior. El espacio se siente asfixiante y la combinación del frío con el olor a humedad y el hedor de los huesos lo vuelven repugnante pero, a los pocos minutos de estar allí, la mente hace un trabajo realmente prodigioso y se predispone a ver cada una de las piezas exhibidas como una obra de arte y, con ello, logra sublimar cualquier acto de juzgamiento o valoración sobre aquello que se está observando. 

Los huesos que forman parte de cada uno de los grupos "escultóricos" que allí se exhiben no fueron obtenidos en una sola época sino que fueron producto de la acumulación sostenida de restos que inció hacia 1350 como consecuencia de la Peste Negra y que siguió acumulando otros tantos como consecuencia de otras pestes y contiendas. Pero en 1870 el pasó a manos de la familia Schwarzenberg (una de las más poderosas de Bohemia) y allí se resignificaron aquellos restos. 

Por entonces la familia contrató al artista Frantisek Rint para que utilizara los huesos y creara con ellos diferentes obras de arte para ser utilizadas como elementos decorativos. Así es como el osario más famoso de Europa del Este se consolidó no como un sitio morturio tardicional sino como un museo celosamente camuflado en el que se aloja la obra de un enorme artista que no dudó en desplegar su talento con uno de los materiales más controvertidos y menos utilizados hasta ese momento.

A continuación les comparto algunas de las obras de arte que Rint creó para la aristrocática y excéntrica familia del corazón de Bohemia:

El escudo de la familia noble engalana una de las paredes del salón y se transforma en un verdadero símbolo del pasado aristrocrático que primó en aquella región. 

Lámparas y caireles de estilo barroco creados con tibias y calaveras son uno de los grupos escultóricos que más llaman la atención en el enorme salón.

Imágenes cristianas conviven con elementos místicos. La enorme presencia del cristianismo en todas sus formas obligó al artista a incorporar en su trabajo diferentes personajes del santoral católico y elementos utilizados por los cristianos en diversos oficios religiosos. 

Lámpara de metal coronada por una serie de calaveras y huesos pensda para iluminar oficios religiosos u oficiar como altar votivo.

Rint desplegó diferentes formas utilizando las calaveras y los huesos disponibles al momento en que la familia aristocrática se hizo cargo del lugar.

Miles de calaveras aún descansan en el lugar y se las ordenó bajo la forma de gruta para dejar testimonio de su preservación y de la importancia para el hombre moderno de continuar con el legado de los "mementos" tan en boga durante el siglo XVI y que le recuerda su finitud en la tierra y lo efímera que es la vida cuando no se la atraviesa mediante la espiritualidad y la conexión divina.

                Arcadas y urnas funerarias decoran uno de los salones del osario

Las molduras y los techos del osario también fueron revestidos por huesos y calaveras

Teniendo en cuenta el pasado platífero de Kutna Hora, los visitantes tomaron la costumbre de arrojar algunas monedas de coronas checas para asegurarse un regreso al osario pero y una buena vida con la fe de que el espíritu de los miles de huesos que descansan allí puedan trabajar por sus deseos en el más allá. 

KUTNA HORA MÁS ALLÁ DE LOS HUESOS FAMOSOS

Cuando se ingresa en la ciudadela de Kutna Hora uno descubre que el patrimonio que atesora es mucho más que un conjunto de huesos preciosamente presentados bajo la forma de obras de arte. A medida que se la comienza a recorrerla (y a percibir que el hedor necrológico que deja la visita al osario se va desvaneciendo lentamente) sobreviene la sensación de que la República Checa es una caja de Pandora que oculta en su interior numerosas piezas de enorme belleza, arte y cargadas de historia.

Si se la compara con Praga (es inevitable no hacer una comparación con la metrópoli dada su magnificencia e importancia cultural) Kutna Hora, al igual que otras ciudades como Pilsen o Karlovy Vary suponen una veradera rareza dado que cuentan con una estética muy particular y que en nada se asemeja al clasicismo, los colores, los olores o la gente que puebla la capital del pais. En Kutna Hora todo parece hecho a escala y la pequeñez de la ciudad (tanto que para quienes vivimos en grandes capitales nos parece estar visitando un barrio) la vuelven una pequeña gema a la cual se le debe dedicar al menos un día para poder descubrirla en su totalidad. 

A medida que se la comienza a recorrer desde las inmediaciones de la Catedral de Santa Bárbara se puede advertir en ella los ecos de un pasado minero que la signó y le forjó buena parte de su identidad. Según cuenta la historia, para el siglo XV las minas de plata ubicadas funcionaban a pleno y otorgaban enormes riquezas que permitieron la construcción y fundación de la ciudad. Poco a poco los mineros se fueron instalando en ella y algunos viajeros de países vecinos comenzaron a visitarla no sólo para adquirir productos elaborados en plata sino, también, motivados por la belleza de sus locaciones.

Las antiguas construcciones de madera servían para guardar la plata que se extraía de las minas. Decenas de ellas están perfectamente ubicadas en el corazón de la urbanizacion y aún hoy son utilizadas como depósitos de empresas de electricidad o algunas otras que llevan a cabo obras públicas en el casco histórico.

El estado del casco histórico de la ciudad está constantemente monitoreado por la secretaría de obras públicas e intenta mantener en el mejor estado posible una estructura urbana que, si bien es pequeña, cuenta con un enorme pasado que pesa sobre su infraestructura y que la vuelve una verdadera anciana a la cual se debe controlar y velar por su buen funcionamiento. 

Algunas construcciones que sufrieron modificaciones por el paso de los años exhiben el rostro de un pasado esplendoroso que tuvo la ciudad cuando en el siglo XVI fue uno de los centros mineros más poderosos de Bohemia.

Los adoquinados con algunos siglos de edad son removidos periódicamente para que puedan seguir siendo funcionales a las exigencias de la ciudad. Las obras de remoción suelen hacerse en invierno dado que casi no hay afluencia turística y la mayor parte de la poblaciónse encuentra en receso. 

En invierno la ciudad regala algunas postales que simulan una pintura o bien los fotogramas de algún film negro o de terror. La nieve, sumada a la niebla que la rodea durante toda la estación, crean una atmósfera de romanticismo y misterio sumamente inspiradora.

La Catedral de Santa Bárbara es un verdadero ícono de la ciudad y todo un emblema identitario para los lugareños. Su creación data del siglo XIV pero recién se pudo terminar y ser finalmente inaugurada en 1905. Se dice que fue pensada como la única iglesia en Checoslovaquia que pudiera competir en importancia con la extraordinaria y megalítica Catedral de San Vito de Praga. Con una fachada gótica muy bien conservada y unas formas realmente novedosas, el edificio engalana la entrada a Kutna Hora e invita a elegirla como punto de partida para iniciar el recorrido por la ciudad. 

Aquí algunas imágenes de las maravillas que atesora en su interior:

Altares barrocos realizados con materiales extraídos de Bohemia y del Rhin alemán hacen que la catedral sea considerada una de las más importantes después de las que reposan en Praga.

        Arte medieval en su máxima expresión abunda en cada uno de sus rincones 

Frescos pintados directamente en las altas paredes datan del S.XIV cuando Europa abandonaba el Feudalismo y comenzaba a transicionar hacia la Edad Moderna

Como sucede en toda catedral gótica la entrada de luz regala postales asombrosas

                     Tríptico medieval con imágenes de pasajes bíblicos del S. XIII

Esculturas góticas y representativas de santos locales conviven con el antiguo órgano y las pinturas medievales.

Algunos vitreaux fueron incorporados entre el siglo XIX y XX y obedecen a la tendencia que impusiera Alphons Mucha cuando decoró la Catedral de San Vito de Praga con sus clásicos vitreaux en los que se exhiben los hitos más importantes de la historia de la ciudad en estilo Art Nouveau.

La nave central alberga una serie de bancos de madera con trabajos de carpintería en estilo gótico que los vuelve una pieza única en templos de la región.

El trabajo de fina ebanistería medieval y el asombroso estado de conservación es uno de los elementos que más llaman la atención cuando se visita la catedral. 

Información Util

Cómo llegar a Kutna Hora desde Praga en tren 

Cómo contratar una excursión a Kutna Hora desde Praga

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