Uno de los mayores dilemas que suele enfrentar el viajero que se encuentra visitando Praga es cómo hacer para abandonarla por unos días y descubrir algunos de los alrededores de la ciudad, fascinantes y cargados de historia y belleza como lo es la capital. Así es como ante una interesante oferta que abarca sitios como Kutna Hora (donde reposa una increíble catedral del siglo XV y uno de los osarios más interesantes de la humanidad) Pilsen (donde se fabrica la cerveza que se consume en buena parte del país y otros del este europeo) o el antiguo campo de concentración nazi de Terezin, Karlovy Vary aparece como la elegida para aislarse un tiempo de la capital y descubrir la interesante cultura, historia y arte checos.
KARLOVY VARY: LA PERLA DE CENTROEUROPA A 100 KM DE PRAGA
Si bien las grandes ciudades de la República Checa gozan de un orden, una limpieza y una hospitalidad pocas veces vistas en otros lugares de Europa del Este, el caso de Karlovy Vary parece ser una en las que mejor se refleja aquella cualidad. Sin embargo, no es sólo su estética de ensueño y la hospitalidad las que hacen de ella una ciudad inolvidable y digna de dedicarle un día completo para descubrirla.
Sin lugar a exagerar, créanme que su bello casco histórico (refinado y tardomedieval) el curioso géiser ubicado en el corazón de la ciudad, las trece termas con sus respectivos baños que la rodean en todo su perímetro y la importancia cultural que alcanzó desde los años cincuenta en los que se alzó como la sede del Festival Internacional de Cine más importante después de la Berlinale bien vale la pena abandonar Praga y largarse a descubrirla en todo su esplendor.
La ciudad fue pensada -desde sus orígenes a mediados del siglo XIV por Carlos IV- como un lugar de recogimiento alejado de los grandes centros urbanos superpoblados, conflictivos y propensos a enfermedades y otros padecimientos de la época. Es por ello que si se tiene en cuenta que en aquel siglo Praga ya era uno de los mayores centros de la cristiandad del este europeo, la necesidad del rey Carlos por crear un espacio donde escaparse de las vicisitudes que ofrecía el fin de la edad media encuentra un enorme asidero.
Así es como aprovechando la riqueza natural de la zona (atravesada por los ríos Eger y Tepla ricos en minerales y cuencas de azufre) el rey mandó a construir una decena de baños termales para que sirvieran de remanso a la aristrocracia de Bohemia y para todos aquellos que quisieran llegar hasta ellas. De esa forma, en poco tiempo, los baños termales de Karlovy Vary se transformaron-junto a las termas de Budapest y las de Sofía- en las más codiciadas para pasar una estadía de paz y tranquilidad o bien como soporte terapéutico en muchas enfermedades que se veían mejoradas como consecuencia de los baños termales.
Ahora bien, los siglos XV, XVI, XVII y XVIII supusieron la edad de oro de la ciudad pero fue a partir del siglo XIX cuando las vicisitudes del mundo moderno y la reconfiguración del mapa europeo la hiceron perder su brillo y la fueron horadando hasta transformarla en un objetivo más de los tantos proyectos imperialistas que desembocaron, luego, en las dos guerras mundiales. Así es como despues de 1945 la Karlovy Vary perdió buena parte de su población alemana y tuvo una merma considerable no sólo de habitantes sino, también de visitantes.
Durante los años del comunismo la urbe se alzó como espacio de resistencia ya que no sólo fue la sede del mayor evento cinematográfico del soviet sino que, además, se alzó como uno de los sitios que más rechazó la invasión rusa de 1968 por la cual país entero pasó a formar parte del bloque de repúblicas socialistas soviéticas. En esos años, el turismo se vió reducido a un intercambio de población de los países que tras la famosa "Cortina de hierro" sólo podían recorrer espacios del circuito dependiente de Rusia, situación que duró hasta 1992 cuando, finalmente, se hizo la transición al capitalismo y la ciudad recuperó su esplendor, tal como está hoy.
Acompáñenme a recorrer Karlovy Vary a través de este fotorreportaje:

La entrada a la ciudad se encuentra coronada por un cartel que evoca su topónimo. Los turistas que llegan alli lo eligen como el sitio predilecto no sólo para comenzar el recorrido, sino, también, para realizar la primera fotografía que testimonie su paso por ella.

La arquitectura de casi todo el casco urbano es de tendencia art nouveau o con una clara influencia de estilos arquitecónicos occidentales entre los que abundan los franceses y alemanes. Muchas de ellas fueron recicladas y restauradas y son las responsables de que la ciudad tenga esa exquisita combinación de clásico y moderno como en pocos espacios puede verse tan a la perfección.

Los ríos son una pieza infaltable en su geografía y ambos son atravesados por una decena de puentes que le regalan al espacio un aire de melancolía y romanticismo muy particular. El viajero sentirá, por momentos, estar en un espacio que se supone la síntesis perfecta de Venecia o cualquier pueblo de la región de Flandes.

El casco histórico, rodeado de colinas y ríos que lo atraviesan es el sitio ideal para pasar un día allí. Con fachadas que parecen salidas de un cuento de hadas y llena de bares, cafés, librerías y otros tantos comercios que la vuelven una verdadera urbe escondida, invita a perderse y pasar dos veces por el mismo camino: uno para observar las fachadas y, otra, para observar la sociabilidad que en ella se despliega.

Esculturas con casi cinco siglos de antiguedad son el vivo reflejo de que la población cuenta sobre sí con todo el peso de la historia.

En otoño los árboles y el follaje le otorgan a sus calles y sus edificios un aire inspirador y verdaderamente cinematográfico.

En el centro conviven con lo antiguo una serie de esculturas modernas que contrastan con las clásicas fachadas y con otras que son muestra de un pasado imperial.

La Columnata del molino es uno de los espacios más antiguos y más visitado desde su fundación. Creada en el siglo XIX siguiendo el canon estético del renacimiento italiano la enorme columnata tiene 130 metros de largo y 124 columnas en su interior. Cada una de ellas ofician de soporte de los seis manantiales de aguas termales que funcionan allí durante los meses de verano.

A un costado de la Columnata del molino se encuentra la Columnata del Mercado, de iguales características que la anterior, sólo que ésta se encuentra decorada por paneles y pasamanerías artesanales de madera. En ella reposan dos fuentes termales: la del mercado y la de Carlos IV.

Uno de los atractivos que más llaman la atención en la ciudad es el Pabellón de las fuentes termales (en el cual se puede tomar agua altamente mineralizada proveniente de un geíser ubicado en pleno casco urbano) de manera gratuita y con diferentes temperaturas, dependiendo del estado en que se encuentre la fuente termal al momento de la visita.

El géiser al aire libre en plena plaza pública es uno de los espacios que más llaman la atención y por ello es uno de los más fotografiados a diario.

La Calle Lazenska es una de las arterias urbanas que atraviesan el casco histórico. Repleta de comercios, bares y cafés es el sitio ideal para dar un paseo envueltos por la atmósfera bohemia materializada por edificios de arquitectura barroca, puentes que atraviesan elegentemente los ríos y sitios curiosos como el géiser o las famosas columnas donde reposan las aguas termales.

Una recorrida por Karlovy Vary debería finalizar con una caminata alrededor de cualquiera de los dos ríos que la atraviesan degustando algún waffle típico o disfrutando de la interpretación de algunos de los tantos músicos callejeros que la pueblan. Desde allí guardarán en la retina una verdadera postal de la ciudad, la cual seguro atesorarán como uno de los recuerdos más preciados en su estadía en la República Checa.
Como llegar a Karlovy Vary