29 Dec
29Dec

Luego de visitar la fastuosa Villa Adriana no es para nada aconsejable regresar a Roma sin pasar por la otra maravilla de la zona que es la Villa d´Este, enclavada en el corazón mismo de Tívoli y que gracias al derroche de arte renacentista que detenta fué incorporada por la UNESCO al listado de sitios que integran el Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad.  

Pero lo cierto es que la Villa no sólo es un lugar donde se puede apreciar la grandeza del arte renacentista sino que, además, es testigo de una historia que oculta caprichos, despechos, aires de grandeza y algunas que otras pasiones que experimentaron aquellos que la habitaron y que hoy, lejos de juzgarlos, deberíamos agradecerles ya que, de no haber sido víctimas de aquellas es probable que hoy no tendriamos Villa del este para disfrutar y nos veríamos imposibilitados de vivir un día como la Alicia de Lewis Carroll o como algún personaje salido de las cabezas de los fantasiosos Hermanos Grimm.

1.
Cuando el autobús estacionó frente al rosario de negocios de recuerdos ubicados en la entrada de la Villa del Este, tuve la sensación de que los 30 km. que me separaban de Roma la alejaban doblemente en distancia y hacía que la viera como perteneciente a otra galaxia. El increíble cambio de vida que se experimenta cuando uno se aleja un poco del mundanal ruido romano sirve para tomar conciencia de que, si bien "Todos los caminos conducen a Roma", no viene nada mal alejarse de ellos y largarse a la búsqueda de otras formas de vida. Al llegar a la Villa promediaba la media mañana y antes de hacer el ingreso me quedé un rato disfrutando de la pequeña brisa que contrastaba con el implacable sol de julio y hacía mover, de manera suave y casi cinematográfica, la copa de los cipreses que poblaban la silenciosa avenida.

Dos mujeres cincuentonas hablaban fuerte (ambas vendedoras de los locales de souvenirs de Tívoli, la Villa d´este y la Villa Adriana) y se reían a carcajadas sin ninguna preocupación. Delante de ellas, un matrimonio de ancianos caminaba lento en dirección al Monasterio Benedictino en el cual se encuentra la Villa mientras que, un puñado de niños, todos con sus cascos y las rodilleras puestas, los esquivaban desde sus bicicletas rompiendo con el cuadro de ensueño que regalaba la imagen matinal. En los minutos que duró mi reconocimiento de la ciudad jamás oí una ambulancia, ni autos, ni bocinas, ni tráfico contaminante, ni gente sobresaltada. Tívoli parecía un verdadero remanso y la aparente armonía que se vivenciaba en las calles parecía ir en sintonía con lo que minutos más tarde vería dentro de la Villa.

2.
Levanto la vista y desde la mano de enfrente, sobre la vereda que da al otro lado del boulevard, la guía me grita y me invita a unirme al resto del grupo. Cruzo y veo una pequeña explanada que termina en una esquina, y al doblar por ella, un enorme convento benedictino aparece frente a mí. Aun costado una pequeña callejuela en mal estado y pintada de color ladrillo me hace caer en la cuenta nuevamente de que no estoy muy lejos de Roma.

Camino apenas unos metros en dirección al pórtico del monasterio y veo una escultura de bronce erosionado que representa a un monje flaco, espigado, alto, con un rostro de bondad pocas veces visto y que de un modo etéreo y sublime acaricia una paloma que parece dibujarse al ras de su mano. Me acerco para ver de quién se trata y veo una placa que pone "Tívoli a San Francesco".

Ante mi curiosidad inexpugnable la guía me rodea por detrás y- haciendo uso de una gran vocación de servicio- me cuenta que Tívoli fue una de las primeras urbes fuera de Roma en adoptar a Francesco como un protector de la ciudad. Comienza a pegarnos una pegatina para que nos identifiquen dentro de la villa y, mientras me toca el turno, me quedo observando en silencio la paz que transmite la expresión de la cara  y la perfecta redondez de la cabeza esculpida del santo.          

3.
Una vez dentro del recinto de la Villa (que linda con el Monasterio Benedictino) la guía realiza una explicación estrictamente informativa que acumula datos tales como superficies, latitudes, algunas fechas y líneas de tiempo para comprender las miles de piezas y obras de arte que se esconden al otro lado del patio de entrada. Por unos segundos me alejo del grupo y me acerco a una fuente que me llama la atención: "La Ninfa durmiente de la Gruta".

Me quedo un rato observándola mientras espero que el grupo pase a los exteriores de la villa y se pierda entre las obras de arte, el verde frondoso de los balcones y las explicaciones numerológicas de la guía. De inmediato tomo conciencia de que la visita va a ser intensa y de que todo lo que vea a partir de la ninfa será como estar dentro de un cuento o de una pintura surrealista. Antes de pasar a los balcones de la villa saco la guía y leo lo más importante acerca de la historia del lugar. Según cuentan, en el año 1550 existió en Tívoli un cardenal llamado Hipólito II del este, quien no conforme con haber sido gobernador de la ciudad soñaba con transformarse en Papa de Roma, puesto al que muchos aspiraban pero que pocos tenían la suerte de alcanzar.

Así es como luego de varias negativas, el cardenal decidió resignarse a cumplir la función que le encomendaban pero no sin antes mandarse a construír un lugar que fuera lo más parecido a ese cielo en la tierra que él creía que le habían negado. De esa forma, y adueñándose de una enorme cantidad de hectáreas de la ciudad de Tívoli, se mandó a diseñar la Villa basándose en las residencias más fastuosas de Roma, Ferrara, Francia e ,incluso, la vecina Villa Adriana. 

Para ello mandó a construir enormes palacios, fuentes colosales, esculturas de estilo griego, romano y oriental (alimentadas en las mitologías de esos pueblos), ordenó crear uno de los jardines más bellos del Renacimiento y hasta incluso ideó una reproducción a escala de la ciudad de Roma, dentro del perímetro de los jardines.

El resultado de tamaña empresa es la magnificencia que aún hoy se puede vivenciar cuando se atraviesan los pórticos del monasterio y se pasa a otra realidad.  

La primera vista que ofrecen uno de los balcones de la Villa

Balcones de estilo renacentista y mosaicos diminutos contastan con el paisaje de la ciudad


Fuentes, esculturas y pequeñas obras de arte en piedra antigua forman parte de la propuesta paisajística diseñada por los artistas Pirro Ligorio y Alberto Galvani, escultor y arquitecto que se pusieron bajo las órdenes del cardenal despechado.

Las Cento fontane son cien pequeñas fuentes escondidas en las máscaras de piedra de diferentes seres mitológicos. Muchos directores de cine usaron este espacio para muchas de sus películas, siendo A Roma con amor (de Woody Allen ) una de las que mejor uso hizo del espacio. 

Techos abovedados de estilo románico y, otros, medieval le otorgan un gran misterio a los jardines  

Una enorme muestra de fauna y seres mitológicos abundan en cada una de las piezas y obras de arte que pueblan los jardines.

En el corazón mismo de los jardines se encuentra una de las mayores fuentes de la Villa: La Fontana del Nettuno, realizada íntegramente por Lorenzo Bernini, uno de los mayores genios del barroco italiano. La grandeza y voluminosidad le imprimen al lugar el carácter de fantástico.  

La Fontana dell´Ovato es la segunda más grande y recibe ese nombre ya que la caída del agua por sobre las piedras simulan formar un huevo. El agua llega a ella por medio de un sistema subterráneo que utilizó la misma técnica que usaron los antiguos romanos cuando transportaban el agua por medio de los acueductos. En la parte posterior se encuentra un grupo escultórico importante que representa a los dioses y ninfas más representativos de la mitología acuática.

La escultura de la lupa romana con Rómulo y Remo se ubica en el centro mismo de la pequeña Roma a escala que ocupa buena parte del recinto. El deficiente estado de conservación da cuentas de la erosión de las esculturas que se encuentran en los exteriores del jardín y contrastan con la original que se encuentra en los Museos Capitolinos de la ciudad.

Gárgolas, estatuas y otros seres mitológicos que se ven en los jardines fueron inspirados en las culturas orientales conocidas por los antiguos romanos (la Esfinge egipcia y el águila son un ejemplo)

Grupo escultórico con incrustaciones en mosaicos que evoca un pasaje de la vida romana

En el interior del Palacio donde habitaba el cardenal se pueden observar interesantes elementos decorativos tales como altorrelieves y pinturas que fueron realizadas siguiendo la técnica de los pintores de Pompeya o de la Villa Adriana en su momento de esplendor.

Técnica pompeyana mejorada se observa en la cúpula de una sala

La inclusión de los Putti impuestos por Michelángelo son unos de los motivos más representados

Cuando veo que a lo lejos la guía levanta su paraguas rojo y lo agita en señal de querer unir al grupo me digo en silencio que no me quiero ir. Las dos horas que pasé recorriendo ese lugar difícilmente me las olvide alguna vez. Pienso que la Villa Adriana es impresionante, pero no tanto como ésta. Aquella es majestuosa -y está bien que lo sea- por que después de todo no era menos que la residencia de un emperador. Pero esta, muy por el contrario, tiene la extraña belleza que esconde detrás desilusión, odios y frustraciones.

Mientras el grupo se acerca hacia mí me pregunto si Hipólito d´Este alguna veza habrá superado la frustración por no haber llegado a Papa. Pienso también que muchos de los papas que pasaron por el Vaticano en aquellos años jamás tuvieron un lugar de ensueño como la Villa d´este. Y por eso mismo creo que, si el cardenal no alcanzó la felicidad en un sitio tan contradictoriamente bello y enigmático como aquel sería una pena.

La guía se para delante mío y me regaña por no haberla seguido. Le sonrío por cumplido y me pregunta qué me pareció el lugar. Le contesto que no tengo palabras y que jamás me hubiera imaginado que podría existir en el mundo un sitio de tales características. La mujer se sonríe y me invita a que no deje de conocer el Parco dei Mostri de Bomarzo, cerca de Viterbo. Le agradezco el consejo y me prometo en silencio no dejar de visitarlo en el próximo viaje. Subimos las escaleras, miramos por última vez las increíbles vistas que regalan los balcones y atravesamos las salas abarrotadas de arte, color y textura.

Sobre el patio de la entrada me encuentro de nuevo frente a frente con la Ninfa de la gruta. Ahí sigue, durmiendo un sueño eterno del cual parece nunca jamás despertar. Le agradezco que haya oficiado de maestra de ceremonia y en pocos pasos, me encuentro nuevamente al lado del Francesco de la paloma. Subo al autobús y emprendo la marcha hacia el Caput Regnum. Atrás quedan Tívoli, el antiguo monasterio, la estatua de Francesco, los naranjos, los seres mitológicos, la brisa tibia del verano, el olor a musgo y a trébol de las fuentes y la sensación de estar en un lugar donde alguien, alguna vez, pese a estar rodeado de tanta belleza, jamás pudo ser feliz.

"Todos los caminos conducen a Roma" leo en un cartel puesto en la última circunvalación antes de tomar la carretera. Es verdad, me digo. Después de todo siempre se termina volviendo a Roma independientemente de cuáles sean los caminos. (Aunque esta vez, sin lugar a dudas, bien valió la pena alejarse un poco de ellos).  

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