02 Jan
02Jan

Cuenta la tradición familiar que se conocieron en el buque que los sacó de una Europa devastada y teñida de sangre. Él promediaba los 16 y ella aún no tenía 15. Por lo que contaron años después, en un español atravesado por el duro acento polaco, él había trabajado con su padre en cuanto oficio encontraban y ella se dijo pastora en alguna aldea situada en los límites fronterizos de la fría y desolada estepa ucraniana.

Cuando subieron al barco (cargando nada más que lo puesto y una maleta repleta de ilusiones) nunca imaginaron que jamás volverían a esa Polonia natal ni tampoco a contactarse con sus seres queridos. Una vez dentro del transatlántico, movidos por una necesidad innata de comunicarse comenzaron a hablar, y luego de cuarenta días de navegación y de compartir los recuerdos y los secretos, decidieron que lo mejor era ponerse de novios.

Antes de desembarcar en Buenos Aires y, al pasar por las costas que bordean Río de Janeiro, vieron con asombro cómo una decena de niños negros - que se escurrían ante sus ojos como seres mitológicos-se agolpaban para hacerse de las pocas y desvalorizadas monedas que sus paisanos polacos y otros tantos inmigrantes les arrojaban desde la proa del barco. Creímos que eran el demonio, decía mi abuela, al final de sus años y con una risa contagiosa, la cual demostraba cuán ignorante se reconocía, cuarenta años después, rememorando la anécdota.

Al llegar a Buenos Aires, ambos quedaron indefensos ante  las invasivos y poco felices controles de ingreso en el viejo Hotel de Inmigrantes e, incluso, debieron soportar la sustitución de sus identidades, por que a nadie que tenga un poco de razonamiento lógico le puede cerrar la idea de que los nombres originales de dos polacos recién llegados al país fueran “Pedro” y “Elena”, aunque en algo tuvieron suerte, ya que los apellidos, en ambos casos, fueron respetados y transcriptos textualmente.

Así es como ya adoptados por el granero del mundo comenzaron una vida cargada de vicisitudes. Trabajaron en lo que pudieron, tuvieron siete hijos, sufrieron como cualquier argentino los vaivenes sociopolíticos del país- los cuales década tras década les hacía caer en la cuenta de que lejos de haber llegado a la tierra prometida, lo habían hecho a la tierra equivocada – y de esa forma, sobrevivieron hasta el predecible final de sus cortas vidas. 

Como legado dejaron una descendencia fragmentada, equívoca, desinteresada por el pasado y poco afecta a querer saber si al otro lado del océano, en algún lugar de esa lejana Polonia, existía alguna prolongación genealógica de estos dos seres que dejaron este mundo sin poder reencontrarse con el pedazo de tierra que alguna vez los vió nacer.Es por eso que teniendo en cuenta la rigidez de ese pasado que,en apariencias, parecía inalterable, decidí viajar a Polonia y emprender un camino como el que propone Alejo Carpentier en su maravilloso cuento Viaje a la Semilla

Mi viaje tenía que ser mucho más que un viaje para recolectar crónicas o ampliar mis conocimientos. Antes que un proyecto de interés personal, aquel, debía significar, ante todo, la reivindicación de aquellos dos jóvenes que un día, huyendo del horror, debieron abandonar su terruño con un objetivo tan simple como profundo a la vez: el de salvar sus vidas.Volver a aquella tierra significó en algún punto un símbolo, un emblema, el fin de un ciclo. La semilla ya germinada volvía, con otros ojos y otro cuerpo, al sitio del que nunca debió haber salido.A la memoria de mis abuelos, inmigrantes polacos, dedico esta serie de crónicas.

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