16 Dec
16Dec

Todas las guías de Lisboa recomiendan comenzar a descubrir la ciudad desde la Plaza del Comercio así que no ví por que yo tenía que comenzar mi estadía de otra manera. Luego de perderme por las laberínticas callejuelas del Bairro Alto, llegué a la plaza apenas comenzado el atardecer invernal (que se da aproximadamente a partir de las cinco de la tarde)y quedé maravillado con la mole que representaba el Arco de Triunfo en sus dos caras (la que da a la costa del Río Tajo y la que mira hacia la concurrida Rua Augusta, calle más transitada del casco histórico).El Arco ubicado estratégicamente frente a la plaza funciona como la gran puerta de entrada a la ciudad, y su soberbia belleza no sólo lo vuelve uno de los grupos escultóricos más bellos del casco histórico sino además en el escenario vivo de los momentos más importantes de la historia portuguesa.

En la parte superior se encuentra una representación de la victoria, con sus manos sobre la cabeza de dos de las virtudes que dependen de ella: la valentía y el raciocinio. Debajo de ellos aparecen dos estatuas que homenajean a los dos hombres más influyentes en la historia de Lisboa: El Marqués de Pombal (quien rediseñó la ciudad luego del fatídico incendio en épocas del Rey Jose I y Vasco da Gama, el marino que llegó a las costas de la India a través de su magistral travesía por el Atlántico).

Del otro lado, el que mira hacia la Rua Augusta , en su parte superior el arco tiene un enorme reloj que brinda la hora a la perfección en todo momento del día. Además ene esa misma cuadra se encuentra uno de los bancos más antiguos de la ciudad y que cuenta con una fachada de altorrelieves de la vida de los portugueses en épocas de la conquista que bien merecen que uno se detenga a apreciarlos unos minutos. 

La Plaza del Comercio fue construída casi en la misma época que la Plaza Mayor de Madrid (de hecho ésta en Lisboa cumple la misma función que aquella) y quizás de allí surja la similitud de estilos entre una y otra. Hacia un costad y al otro del Arco de Triunfo, se encuentran los pasillos techados que ellos llaman "soportales". En épocas de reinado esos pasillos fueron una muestra del poderío representado bajo las formas del barroco, pero hoy albergan a puestos de ferias ambulantes que se llevan a cabo durante el día, y por las noches, lamentablemente, se transforman en el escenario más visible de la actual crisis que está sufriendo el país por estos días. Decenas de vagabundos y familias sin techo los eligen como una buena forma para paliar las inclemencias del frío y ponerse al resguardo de los peligros que implica el estar en situación de calle.

Apenas largué a andar mi primera cuadra de la Rúa Augusta, aún con el arco a mis espaldas, ví el primer tranvía lisboeta, amarillo, antiquísimo y pintoresco como pocos. Por un lado experimenté la sensación de "Estoy en Lisboa" y por otro, al ver el cartel que decía Prazeres me acordé inevitablemente del cuento de Gabriel García Marquez: María dos Prazeres, ese en el que una mujer vivió toda su vida en soledad y en los últimos instantes en este mundo encuentra una razón valedera para seguir viviendo. Y ahí me pregunté hasta que punto el cuento no podía funcionar como una metáfora de la ciudad, la cual fue derroída, devastada, sometida y que encontró la forma de reponerse de todo aquello logrando alzarse como uno de los centros culturales más grandes del viejo mundo en el que reposa. 

Las calles del centro histórico son una muestra de la cantidad de inmigrantes que llegaron a la ciudad desde los tiempos de la conquista y han logrado instalarse en la población lisboeta. Gente de países de África (sobretodo de aquellos lusoparlantes y en especial de raza negra), de América latina (en su mayoría brasileños) y de otros lugares de Asia entre los que se destacan los bangladesíes (o "banglas" como se los conoce en todo Europa), hindúes y en gran parte marroquíes 

Seguí mi recorrida por la Rúa Augusta y entre cafés, negocios, bancos, bares, cines y grandes almacenes llegué a la Plaza del Rossío, una de las más grandes de Lisboa y que formó parte de una de las aristas del trazado que hiciera el Marqués de Pombal cuando delimitó el casco histórico. La plaza en principio me sorprendió por varios motivos: primero por su extensión (realmente es muy grande y parece no terminarse, ya que en el lado opuesto se encuentra el Barrio del Rossío que simula ser una continuación de ella), segundo por su extremada limpieza y cuidado (lejos, es una de las plazas más pulcras que ví en Europa), luego por la belleza de sus fuentes (totalmente iluminadas y con las aguas en toda su potencia) y por último, por la divertida decoración navideña que, pese a haber pasado hacía unos días, aún seguía adornándola para el gusto de los lisboetas, niños e incluso para los que como yo, disfrutamos de las instalaciones. 

Aunque no lo crean, en su interior, esta bola navideña estaba calefaccionada y había bancos improvisados para quedarse un rato con amigos, hacerse fotografías o bien pasar un rato formando parte del espíritu navideño.

En la esquina de la Plaza tuve esta vista, sin dudas una de las más lindas que ofrece el Castel de Sao Jorge, antigua muralla que custodia los límites de la ciudad y que se ve desde cualquier sitio por donde se esté ya que, durante el día se alza como una mole de piedra y, de noche, iluminado, es uno de los emblemas más seductores que tiene el casco histórico. A los pocos días de estar allí me dí cuenta que la ciudad no sería la misma sin el castillo y que, probablemente, el hecho de tener una zona más alta que la que se encuentra la ciudad, sea el que le otorga ese aire de tranquilidad que ofrecen las ciudades construídas sobre montes, sierras o montañas (tal es el caso de Atenas).

A un costado de la Plaza del Rossío se encuentra esta pequeña plazoleta en la que por las noches se juntan los adolescentes a andar en skate, tomar cerveza y despuntar el vicio de ser joven y tener pocas obligaciones. En el murallón puede verse la actitud de la ciudad para con los inmigrantes que llegan a ella. En todos los idiomas, dependientes de culturas y credos religiosos muy distintos, exaltan el espíritu solidario, amigable y acogedor de los lisboetas.

Frente a la plazoleta, esta casa de sombreros me llamó mucho la atención. La fachada de antaño, el escaparate como salido de una película de los años 40 , la decoración con muérdagos, la caja de la luz con los cables expuestos y el cartel con el anciano portugués tomando ginjinha transformaron la imagen en una postal.

Atravesé la plazoleta y me encontré en la Rúa das Portas de San Antao. El empedrado era similar a los que había en otra calles del centro pero esta vez, en su brillo, comencé a ver el reflejo de los coloridos neones que exhiben los negocios que allí se encuentran. Me detuve frente a una de las casas de ginjinha más conocidas de la zona (en la que había una fila de más de veinte personas aguardando a probar por vez primera el elixir de los dioses) y me quedé un rato observando el ritmo de la calle.

Por un momento tuve un déja-vu y fué extraño, ya que tuve la sensación de haber estado allí antes, o al menos en un lugar parecido. Seguí la marcha y la frase de un camarero que en italiano me invitó a pasar al restaurante que rebozaba de variadas pastas y pizzas me hizo dar cuenta de algo: la sensación que había tenido venía de Roma (ciudad a la que iría unos días después) y llegué a la conclusión de que esa zona, bohemia y como sacada de otro tiempo no era otra que Roma pero en colores.

En la zona además de los bares y los restaurantes abundan los teatros. El Teatro de la Opera Nacional  engalana el recorrido y luego el Teatro Coliseo se alza como la sede de las muestras contemporáneas. Frente a él se encuentra el Politeama, en el cual se lleva a cabo uno de los musicales más importantes de Lisboa: Uma noite em casa de Amalia (que es un sentido homenaje a Amalia Rodriguez, la fadista más importante que hayan tenido los portugueses en toda su historia, y de la cual les hablaré más adelante). Si tienen la posibilidad de visitar la ciudad y quieren asistir a la obra, tendrán que comprar los billetes vía internet por que se venden con varios días de anticipación, ya que es un sitio elegido por turistas que intentan una aproximación con el género musical que identifica al país.  

Desde siempre fuí amante de los neones. Si bien no están considerados una muestra de arte, muchos de ellos realmente podrían serlo, ya que muchos cuentan con diseños, colores y formas realmente muy interesantes. Como la Rúa das Portas alberga cientos de ellos, aquí les dejo algunas muestras de los que me encontré en ese paseo nocturno:

 Otro clásico de la zona son las "Cervejarias" o cervecerías en español. La mayoría de los lisboetas las prefieren antes que los bares y en ellas se pueden tomar varias clases de cervezas además de picadas, pinchos y tapas con un sistema muy parecido al español. Además en muchas de ellas es posible pedir frutos de mar a buen precio, producto de que la ciudad tiene una importante actividad pesquera y eso los hace tener una gastronomía variada en peixes y mariscos varios. 

Terminé el paseo por la Rua das Portas y me dirijí a la estación del Rossío, frente a la Avenida Liberdade. La fachada es una verdadera muestra de arte modernista, el cual abunda en diferentes edificios, espacios públicos y tiendas de la ciudad. Las dos puertas principales son dos herraduras vanguardistas y de sus andenes salen y llegan trenes de diferentes ciudades de Portugal, en especial a Sintra y Estoril. Los techos de los andenes fueron diseñados por el ingeniero Gustav Eiffel, quien además, tuvo a su cargo el proyecto del elevador de Santa Justa, otro de los íconos de la capital.

Al volver por la Avenida da Liberdade me crucé con esta calle, totalmente iluminada con motivos navideños. Lisboa es sin dudas una ciudad eminentemente bella pero misteriosa a la vez. De noche, cuando el negro asoma en el cielo y la calma se apodera de cada uno de sus rincones, mágicamente reboza de luminarias y parece encendida por los rayos del sol. Y como si de una paradoja se tratara, de día, con el astro rey sobre ella, destila una melancolía y una saudade semejante a la noche.

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