El MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) ya incorporó a su colección permanente Tercer Ojo la obra Wiraqucha danzante (Carnaval de Oruro) del pintor boliviano Alejandro Mario Yllanes. Si bien la obra del pintor no es muy conocida en nuestro país, en el ámbito internacional, ha conseguido un gran número de adeptos e, incluso, parte de ella fue exhibida en importantes museos como el M.O.M.A. de NY o el Palacio Nacional de Bellas Artes de México.
En su corta pero prolífica vida (1913-1960) Yllanez desarrolló una interesante carrera como pintor y grabadista -y como un fiel testigo de una época convulsionada en su Oruro natal- supo plasmar en lienzo muchas de las injusticias, abusos y atropellos contra el pueblo aymara sufridos desde los primeros años de la conquista del espacio andino (otrora dominio incaico) luego perpetuadas por los autoritarios gobiernos bolivianos. Dicha postura contestataria al régimen político de turno le valió un exilio en México, logrando reivndicarse luego cuando en 1940 fue nombrado como embajador boliviano en aquel país durante la presidencia de Enrique Peñaranda del Castillo.
Respecto a su biografía personal se sabe bastante poco y muchos de los acontecimientos que la forjaron se pueden deducir a partir de su obra, los catálogos que la contextualizaron o bien de algunos personajes que lo conocieron y mantuvieron algún tipo de vínculo. En ese sentido, el dato que más allama la atención es el de la imposibilidad de fechar oficialmente su deceso (aparentemente en 1960) pero que genera suspicacias ya que la importante revista "Quien es quien en el arte" habría publicado obras suyas hasta entrada la década del 70.

Uno de los objetivos prncipales para la incorporacion de la obra a la imponente coleccion de Constantini seguramente habrá estado emparentado con que, mas allá de las prohibiciones, la censura , el exilio y el misterio que rodea al pintor, ninguna de ellas pudieron opacar el enorme talento de Yllanez por el cual está considerado, en la actualidad, como uno de los más grandes artistas latinoamericanos del arte contemporáneo. Por ello les recomiendo que cuando planeen una visita al museo se tomen un tiempo especial para observar esta magnífica obra y se dejen perder por la magnificencia de sus colores y los mensajes encriptados que subyacen en cada uno de sus trazos.
CÓMO ENTENDER LA OBRA
En la época en la que Alejandro Mario Yllanez comienza a pintar en su Oruro natal, el mundo asiste al nacimiento de algunos de los estilos más importantes del siglo XX. Mientras en Europa el Surrealismo causa sensaciones encontradas, en México, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Clemente Orozco (aquí es menester incorporar a Frida Kahlo también) parían el Muralismo mexicano y lo elevaban a la categoría de estilo moderno. Es así como bajo aquellas influencias el pintor boliviano encontró los lineamientos dentro de los cuales desplegar su arte y así ponerles forma y color a todas aquellas cuestiones que le parecían injustas de su tierra y que tenían al pueblo aymara como principal sujeto de dominación por el hombre blanco.
Por ello es inevitable advertir rasgos de aquel movimiento en la obra del Wiracocha danzante. Para el pueblo boliviano la figura de Wiracocha es la del dios supremo (el equivalente a Zeus o Júpiter en la mitología greco romana) creador del universo y del lago Titicaca, verdadero manantial de vida sobre la cual se erigieron las civilizaciones pre e incaicas. Desde entonces, la devoción por el dios logró sobrevivir al cruel proceso de extirpación de las idolatrías y se sigue celebrando años tras año con cada llegada del carnaval.
En la obra es el personaje que ocupa el rol central de la imagen y que se encuentra con un enorme plumaje y una máscara simil a la del demonio cristiano, producto del sincretismo experimentado por los incas durante la experiencia colonial. Detrás se obervan los Andes, columna vertebral del antiguo imperio incaico y dadores de protección, alimento de ganado y espacios ideales para la comunicación con los dioses (ya que allí se realizaban los sacrificios humanos relacionados con la fertilidad y la abundancia). A cada costado de su figura, una serie de pobladores aymaras exhiben sus ropas tradicionales, máscaras e instrumentos musicales puestos al servicio del dios durante la fiesta considerada por la iglesia como pagana.
Sin embargo, la aparente armonía en la que se está llevando la fiesta se ve alterada por la presencia de algunos otros actores que dan testimonio de la opresión y el autoritarismo con el que debieron convivir aquellos pobladores en aquellos tiempos. Los tres militares que se entremezclan entre la multitud danzante en una actitud también de festejo significan mucho mas que la presencia policial como cara del Estado, son en sí mismos, la pérdida de libertad del pueblo aymara tras años de sometimiento.
En ese sentido, la obra de Yllanez no sólo es una explosión de colores y representaciones carnavalescas que evocan sincretismo y devoción ancestral. Es también una importante fuente histórica que nos habla de las inclemencias políticas y sociales sufridas por el pueblo aymara y de cómo el sometimiento del español les cercenó las posibilidades de desarrollo como el resto de los paises del cono sur latinoamericano.