11 Aug
11Aug

El viajero de pura cepa (nunca mejor utilizado el epíteto cuando se está por describir  una geografía como la mendocina) odia las excursiones programadas y los planes preestablecidos. Pero es cierto que para descubrir de una manera cómoda algunos lugares del planeta, se hace necesario contar con un plan armado que permite ahorrarnos algunos problemas, ya sea por las inclemencias de los suelos, los climas o por lo complicado que puede resultar el acceso a ellos.

Así es como  decidí que, para conocer el circuito de alta montaña, debía contratar un servicio de excursión con guía incluída así podría ampliar mis conocimientos geográficos (que se limitaban a aquello aprendido en el colegio secundario y que nunca basta cuando se decide adentrarse en la ruta y vivir en directo esos lugares) además de otros detalles que de otro modo sería difícil acceder. 

El inicio de la aventura comenzó bien entrada la mañana, con la guía golpeándome  la puerta de la habitación y con el día renegrido aún, ya que faltaba más de una hora para que el sol hiciera su aparición en el horizonte. Una ronda por los hoteles más lujosos del centro de Mendoza dejó como saldo el autobús cargado de pasajeros con los que durante todo el día compartiría la travesía por caminos sinuosos, picos nevados, centros de ski, árboles que simulaban salir de pinceles impresionistas y una enorme geografía que me hizo sentir, por momentos, el orgullo de ser argentino.

Cuando el bus se adentró en el límpido asfalto de la ruta que lleva a Uspallata, una delgada línea roja atravesaba el horizonte dando paso a una gran cantidad de tonalidades naranja dignas del mejor sfumato italiano. Apenas tomamos velocidad, los pasajeros comenzaron a desplegar las típicas actividades que promueven las excursiones (esas que hacen que nunca quiera tomarlas) tales como presentación en público, de dónde venís, si es tu primera vez en Mendoza, cuántos días te quedás y otras que parecen salidas del formulario de migraciones pero que, rigor y nobleza obligan, hay que responder con la mejor cara de buen vecino y mejor acompañante de grupo.

Grupo. Esa fue la palabra que hizo que dejara de escuchar a la guía en el mismo momento en que dijo bueno gente, a partir de ahora somos un grupo, bajamos todos en el mismo lugar, no nos alejamos, nos mantenemos siempre juntos por que eso somos: un grupo. Una vez más tomé conciencia del valor de las palabras. Esas cinco letras bastaron para que me abrazara a mi cámara fotográfica, apoyara la cabeza sobre la ventanilla húmeda por el frío y diera rienda suelta a mis ojos que comenzaban a maravillarse con las postales que me regalaba el exterior. 

Al cabo de una hora las montañas que hasta ese momento habían sido de color arcilloso, ahora se volvían en intensos cobres, rojizos, corales, anaranjados y níveos plateados (sí, plateados, por que el blanco no brilla y estos brillaban). En pocos minutos más, nos dijo la gúia, estaríamos en la localidad de Uspallata, pero antes, nos regalaron  unos minutos para que pudiéramos fotografiar algunas de las montañas, rodeadas de lagos, embalses y un viento seco que penetra en los huesos y oxigena los pulmones como pocas veces había experimentado.Me acerqué hacia la cima de un acantilado y desde allí tuve estas vistas:

Luego volvimos al autobús y de nuevo a la ruta. Los picos algo nevados comenzaban a contrastar con los ocres, marrones y azufres que parecían resistir incólumes a lo lago de la carretera escarchada. Unos veinte minutos después estábamos ingresando en la zona de Uspallata, primera parada oficial en el circuito de Alta Montaña. 

Tanto los sitios de Internet dedicados al turismo como las guías oficiales de Mendoza se empeñan en catalogar a Uspallata como una “ciudad” movediza, con afluencia de público y con sobradas  comodidades para quienes quieran descubrirla. Pero lo cierto es que, a primera vista, el lugar no devuelve una imagen de ciudad, sino mas bien, todo lo contrario.La primera impresión que tuve –sobre todo en la entrada al pueblo- fue la de encontrarme un lugar con más cualidades para ser considerado un verdadero "lugar en el mundo” antes que una ciudad turística.  

En pocos minutos que estuve allí me dí cuenta de que los que más vida le otorgan al pueblo son las decenas de camiones que pasan por minuto al costado de la ruta y que, recortados entre los cielos diáfanos y con las montañas impecables del cordón plateado, dan la impresión de que se está en una road-movie americana de esa en las que, un pueblo en apariencias tranquilo, un día se transforma en el centro de atención de la prensa local.

 Así como existen los perros de playa, están los perros de pueblo. A diferencia de los primeros- que exhiben una alegría constante que se supone innata- los últimos desbordan melancolía y provocan la sensación de querer sacarlos de ese ambiente y traerlos como recuerdo del viaje. Este no fué la excepción. 

Antes de seguir en el camino -y mientras el resto del grupo se probaba los trajes de nieve y elegía el culipatín más acorde para la ocasión- aproveché para entrar en un improvisado bar con tinglados y paredes de adobe para reponerme del frío de montaña, ese que tanto nos cuesta resistir a los porteños. Un excelente café con los más exquisitos alfajores caseros fueron la excusa perfecta para recobrar nuevamente la temperatura y proseguir en el camino.

Cuando nos íbamos, el chofer que manejaba el autobús nos pidió que fotografiáramos al muñeco de la entrada al pueblo. Al parecer, hace años que se encuentra en el mismo lugar y resiste los embates del clima vestido con las mismas ropas. Dicen que es la representación misma del turista que viene en busca de sensaciones sobre la nieve, y que simboliza la calidad de anfitrión del pueblo mendocino para aquellos que llegan llí en plan de visita. La rueda bloqueada con cadenas representa una práctica usada por quienes van a la alta montaña con un vehículo, ya que con las pronunciadas pendientes del lugar existe el peligro de que se produzca un desbarranco y una posterior tragedia. 

Las formas más increíbles y las escalas cromáticas menos pensadas volvieron a aparecer en pocos minutos de andar la carretera. Los cobres y rojizos intensos mostraban su esplendor bajo la intensa luz de un mediodía diáfano. Con formaciones rocosas, superficies que simulaban alfombras aterciopeladas y accidentes en la montaña que daban lugar a las mas variadas interpretaciones nos fuimos alejando del circuito de Uspallata y adentrándonos en el segundo tramo del circuito, el que va camino a los increíbles paisajes de Picheuta, Penitentes, el Puente del Inca y los maravillosos pueblitos y parajes que terminan en el soberbio y enigmático Cristo Redentor en el paso a Chile.

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