27 Aug
27Aug

Ese domingo de julio amaneció lluvioso en la Ciudad de Guatemala. Domingo. Y lluvioso. Quedarme en la ciudad representaría estar encerrado en casa de mi amiga sin hacer nada más que intentar pasar el tiempo, así es que, teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que las condiciones climáticas mejoraran, decidí llamar a otro amigo que vive cerca de allí y le propuse idear rápidamente, una escapada a Chichicastenango. Desde el mismo momento en que armé mi viaje en Buenos Aires, supe que esa ciudad (“Chichi” como la llaman los guatemaltecos) era uno de los sitios que, junto a la maravillosa y barroca ciudad de la Antigua, más satisfacciones y recuerdos inolvidables me haría llevar de mi experiencia en el país.

En menos de una hora, casi antes de que amaneciera, Paulo llamó a la puerta con todo listo. Su camioneta se encontraba en perfectas condiciones mecánicas (algo muy común en viajeros especializados y afectos a las propuestas sorpresivas) y luego de llenar el tanque en una gasolinera de las afueras de la ciudad, nos internamos en la ruta que, tras una hora y media de recorrido, nos permitiría ingresar en el mismo casco histórico de la ciudad mejor conservada de la cultura quiché, esa que durante siglos no sólo albergó a una de las comunidades indígenas que mejor ha sabido conservar su cultura, sino que además, fue el espacio donde en 1701 apareció el mítico Popol Vuh, libro sagrado de la civilización maya que, a modo de Biblia católica, narra según la cosmovisión aborigen buena parte de la historia de la humanidad.

El viaje se hizo largo. Quizás por que mi ansiedad aumentaba con cada poste de luz de esos que quedaban atrás a medida que avanzábamos en la marcha. Pero finalmente, luego de atravesar unos cuantos kilómetros de selva tupida enmarcada en las inclemencias de un clima tropical, el tiempo comenzó a mejorar y para cuando vimos el cartel de bienvenida a la ciudad, casi de forma mágica, el sol se abrió y desplegó todo su esplendor como si hubiera sabido que las fotografías con luz salen mucho mejor que sin ella.

A simple vista, la ciudad se presentó como cualquier otra de las que había visto en distintas latitudes del país, y debo reconocer que no pude evitar encontrarle un cierto parecido con San Juan Chamula, aquella encantadora población indígena, maya también, que sobrevive manteniendo su cultura en la zona mas al sur de la inmensa geografía mexicana. Pero lo cierto es que a medida que nos alejábamos de la entrada y nos adentrábamos cada vez más en el casco “urbano” de la ciudad, las blancas construcciones que meses antes había visto en diferentes revistas y guías turísticas, ahora se abrían paso ante mí, demostrándome que nada tenía que ver aquella ciudad con ninguna otra y que, quienes estaban allí intentando descubrirla, acabarían sorprendiéndose de las maravillas que en cada esquina reposan escondidas esperando ser descubiertas.

Lo primero que reconocí fue un angosto y empantanado camino que llevaba hacia el mercado más importante del pueblo. Con cada paso que dábamos alejándonos de la entrada, comencé a ver que más nos acercábamos a un enjambre de puestos recargados de huipiles, mantas, cueros, artesanías, máscaras, velas, especias y un sinfín de elementos más que tanto lo hacían parecerse a cualquier mercado persa de esos que se ven en los folletos turísticos que promocionan ciudades como Estambul, El Cairo o Marruecos. 

Luego de atravesar la colmena que formaban vendedores, mercancías, gente del lugar, turistas y compradores varios comencé a vislumbrar, como recortada en el todavía grisáceo y cerrado cielo, la blanca cúpula de la Iglesia de Santo Domingo. Cuando por fin pude reconocer completamente su fachada, me dí cuenta de la importancia que ella tiene en el mundo de la cultura quiché, ya que jamás había visto semejante convocatoria de gente que se diera cita toda junta y que se ubicara a los pies de un monumento así, como si de un verdadero tótem se tratara. 

La iglesia tiene una fachada sencilla. Por fuera simula ser una iglesia católica, pero dentro, todo lo que allí sucede nada tiene que ver con los preceptos litúrgicos que se promueve desde el coloso de Roma. En la entrada, un anciano vestido con ropas algo ajadas y sucias (que luego mi amigo me dijo que se trataba de un chamán), empuñaba una especie de incensario hecho con una improvisada lata metálica, y lo agitaba con movimientos pendulares como si se tratara del botafumeiro que descansa en el corazón de la Catedral de Santiago de Compostela.

A su alrededor, decenas de mujeres vestidas con coloridos ropajes y sentadas algunas sobre montañas de flores, gritaban el precio de su mercancía en un extraño lenguaje aborigen, el cual descubrí después como la lengua cakchikel, una de las más antiguas y conservadas de la región. Al ingresar en el templo (y después de haber quedado inevitablemente impregnado del humo que arrojaba el chamán en la entrada de acceso) asistí a uno de los espectáculos más impresionantes, sólo comparable a aquella experiencia vivida en el interior de la Iglesia de San Juan Chamula, aquella en la que lejos de contar con los típicos bancos para feligreses y las estatuas sacras que engalanan a cualquier casa religiosa que se precie de tal, sólo había velas puestas en el piso y un centenar de personas aguardando al “médico” de turno para que le realizara una limpia, que en ellos supone la cura para cualquiera de los males que aquejan al hombre.

 En silencio y llevados por raro aire de misticismo que rodeaba el interior, nos quedamos un buen rato sentados en uno de los pocos bancos que había en la iglesia. Desde allí, compartí junto a muchos de los lugareños que aguardaban su turno para recibir las bondades del chamán, uno de los momentos más importantes y significativos de sus vidas cotidianas: el de su infinita devoción por las fuerzas de la naturaleza y su entrega a los dioses que suponen nada les niega y todo les concede.

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