Ese domingo de julio amaneció lluvioso en la Ciudad de Guatemala. Domingo. Y lluvioso. Quedarme en la ciudad representaría estar encerrado en casa de mi amiga sin hacer nada más que intentar pasar el tiempo, así es que, teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que las condiciones climáticas mejoraran, decidí llamar a otro amigo que vive cerca de allí y le propuse idear rápidamente, una escapada a Chichicastenango. Desde el mismo momento en que armé mi viaje en Buenos Aires, supe que esa ciudad (“Chichi” como la llaman los guatemaltecos) era uno de los sitios que, junto a la maravillosa y barroca ciudad de la Antigua, más satisfacciones y recuerdos inolvidables me haría llevar de mi experiencia en el país.