En tiempos del Imperio romano Toledo nació como una joya y, desde entonces, jamás perdió su esplendor. Fueron los visigodos quienes le imprimieron un espíritu de majestuosidad imponente, pero no fue menor el legado que dejaron los moros (cuando llegaron a ella en el 730 de la era cristiana) o los judíos cuando, algunos años después, se asentaron a orillas del Tajo y alcanzaron el sosiego tan ansiado luego de incansables exilios y expulsiones traumáticas de diferentes lugares de Asia y Europa. Luego, sobrevinieron los esplendorosos siglos XVI y XVII bajo el dominio de los Austrias y allí se convirtió en un verdadero centro para la vida política, diplomática, comercial y social admirado y envidiado por otras ciudades de España.