02 Jun
02Jun

Finalmente el tiempo hizo su trabajo y pasados los tres días planeados en Estambul debí abandonar la ciudad para proseguir mi camino. Atrás quedaban los días de embelesamiento por las construcciones de estilo árabe, las increíbles mezquitas y los fastuosos palacios donde alguna vez habitaron jeques, sultanes y odaliscas que dieron tanta letra a los escritores que los prosiguieron en su existencia.

Cuando estaba en el hotel empacando la maleta me sobrevino un pensamiento que, en realidad, no era otro que el recuerdo de una clase de teatro a la cual asistí alguna vez y que decía que el actor nunca debía abandonar el escenario de la misma forma que lo hizo cuando entró en él, lo que traducido al lenguaje cotidiano indicaba a viva voz que nadie debe pasar por una experiencia, sea cual fuere, sin haberse visto modificado y, como era de esperarse, yo no fui la excepción a la regla.

Durante esos cuatro días en Estambul, además de un acercamiento interesante y único por los puntos estratégicos de la historia y la cultura del país, tuve la posibilidad de comprender en profundidad varios de los aspectos de lo que se llama el “ser oriental” (entendido éste como opuesto al prototipo de hombre occidental) y entendí que, en cuanto a las cuestiones básicas de humanidad, mas alla de las religiones, los dogmas y los credos, todos somos iguales y vamos por este mundo buscando satisfacer las mismas necesidades, ya sea invocando a Alá en la mezquita o a Cristo en una iglesia.

Luego de haberla recorrido casi en su totalidad (digo casi por que en términos reales nunca una ciudad se puede recorrer o conocer del todo en un primer viaje), de haberme mezclado entre su amable gente, compartido los inolvidables sabores de sus comidas y de haber intentado comprender el hondo valor de sus plegarias en las diferentes mezquitas que la pueblan arribé a la conclusión de que, quizá, su mayor riqueza radique en que logró mantener su esencia de un modo sorprendente, aún cuando la intentaron occidentalizar incorporándola a la comunidad europea en aquel proceso de voraz colonialismo al que muchos entendidos llaman  globalización.

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